Mercats i acaparament de terres

Al diari electrònic Rebelion han publicat en notícia destacada avui dimecres 31 d’agost una entrevista a l’autor, Stephano Liberti, del reportatge “Land grabbind. Com el mercat de la terra crea el nou colonialisme“.

El tema de l’acaparament de terres (la traducció del terme Land grabbing) està relacionat amb la fam a la banya d’Àfrica i per tant de rabiosa actualitat. Recentment en Gustavo va publicar un article a un diari de gran tiratge on explicava que hi ha una associació, GRAIN, que fa temps que ens està alertant d’aquest fenomen.

A continuació hi ha l’entrevista:

Entrevista con Stefano Liberti, autor del libro “Land grabbing. Come il mercato delle terre crea il nuovo colonialismo”

Cuánta tierra necesita el Mercado

¿Cuánta tierra necesita un hombre? es el título de uno de los mejores cuentos de la literatura universal. Lo escribió Tolstoi en 1886 y es una parábola sobre la codicia humana. Land grabbing. Come il mercato delle terre crea il nuovo colonialismo (Minimum fax, 2011) es un reportaje sobre el acaparamiento de tierras realizado con perpectiva global con el fin de alertar sobre acumulación de tierras con fines especulativos. Lo ha escrito tras varios años de viaje por cuatro continentes  Stefano Liberti (1974), periodista de Il Manifesto experto en África, autor del excelente A Sud di Lampedusa (Minimum fax, 2008), otro viaje periodístico-literario de cinco años por las rutas de los migrantes africanos.

Land grabbing está compuesto en forma de mosaico. El lector va uniendo teselas y recompone un puzzle pasando de Etiopía, El Dorado de los inversores, a Arabia Saudí, donde los jeques del Golfo intervienen en subastas a la baja de la tierra africana. Entra el lector en los palacios institucionales de Roma (FAO) y ve los malabares dialécticos que justifican estas políticas mientras oye el ruido de los movimientos de agricultores resistentes; vuela hasta el Chicago Board of Trade, la Bolsa mundial que fija el precio de los alimentos; se pierde en los maizales de Iowa; desciende a Brasil, reino del agrobusiness, y regresa a Tanzania, frontera de los biocarburantes. Pieza a pieza, el puzzle va revelando un perfil, una figura y un fondo muy inquietantes, y no debido a esa facilona obsesión por la sombra del Dragón chino, sino porque uno tiene la sensación de leer una crónica de un mañana hambriento y depredador: ante la noticia de que la cosecha de maíz en EEUU será escasa, hoy hay gente que aplaude. Este libro nos cuenta de otro episodio de ese choque brutal entre concepciones antropológicas, tan bien descrito por John Berger en Puerca Tierra. De un lado, el tiempo único del Capitalismo, que carece de límite y que roba promesa a promesa -¡Progreso!- el presente; del otro, el tiempo circular y resistente de los campesinos, que se asienta en la tradición para asegurar día tras día la supervivencia, el futuro presente.

En aquel cuento magistral, Lev Tolstoi nos enseñaba que la tierra que necesita un hombre es poca, muy poca; en este libro-mosaico, Liberti nos revela que el Capital, si le dejan, requiere toda, toda, toda.

-¿Con qué fin se acaparan las tierras? ¿De cuánta tierra hablamos?

Stefano Liberti: El fenómeno del land grabbing –literalmente, acaparamiento de tierras- empezó por 2008, después de la crisis alimenticia, al subir los precios de los géneros alimentarios. Desde entonces, algunos países ricos de liquidez pero pobres de tierras como los países de la Península Arábiga comenzaron a lanzar medidas para adquirir tierras en el extranjero, preferentemente en África, para garantizar la seguridad alimenticia de su población. Adquirieron millones de hectáreas para producir alimentos que luego se exportaban. Resulta difícil realizar un cálculo preciso, pues no existe una base de datos exacta y porque estos acuerdos los negocian directamente las compañías privadas con los gobiernos de los países que ceden las tierras. Según un cálculo a la baja, en los últimos tres años se han cedido a entes privados unos 60 millones de hectáreas anteriormente pública, una superficie que equivale a la de toda Francia.

-¿Quiénes son los protagonistas de este neocolonialismo?

-Los protagonistas de esta carrera por la tierra no sólo son las compañías privadas de esos Estados que mencionaba sino también grupos que normalmente operan en el mercado financiero. Muchos de estos que antes invertían en el mercado accionario se han desplazado a la tierra, ya que la consideran un bien más seguro y menos sujeto a los vaivenes de las bolsas. Gran parte de estos grupos, que dirigen antiguas estrellas de los grupos financieros como Morgan Stanley o Goldman Sachs, son private equity fund, sociedades no cotizadas en Bolsa cuyos inversores privados apuestan por la buena andadura de la inversión a corto plazo. Las ganancias pingües de estas inversiones quedan garantizadas, sobre todo, por dos aspectos: los cánones de alquiler de las tierras, que son bajísimos, y el insignificante coste de la mano de obra.

-¿Por qué considera que los mayores culpables de este fenómeno son los gobiernos locales? ¿Acaso no son igualmente culpables las instituciones occidentales, cómplices del fenómeno?

-Los gobiernos locales son los que en último término ceden la tierra a cambio de vagas promesas de desarrollo, cuando no es a cambio de alguna mordida. Aunque quisieran, los gobiernos occidentales no tendrían mucho que decir al respecto en esta cuestión. Otra cuestión bien distinta es la responsabilidad de las instituciones internacionales –como la Banca Mundial o la FAO-, que tienen en sus estatutos el objetivo de reducir la pobreza y aliviar el problema del hambre en el mundo. Estas organizaciones han promovido activamente estas inversiones en agricultura sosteniendo que habían de considerarse como motores para el desarrollo de un sector que en los últimos veinte años había recibido escasísimas inversiones. El problema es que el beneficio en los países en los que se hacen estas inversiones es escasísimo: en las tierras que se alquilan se cultivan productos destinados a la exportación o cultivos para los agrocarburantes. Así pues, no se incrementa la soberanía alimenticia de los países implicados, sino que se ataca. Pongamos por ejemplo el caso de Etiopía, donde actualmente algunas regiones están sufriendo una carestía, cuando resulta que Etiopía es uno de los Estados africanos que con mayor afán ha intentado alquilar porciones de su tierra a inversores extranjeros, como los saudíes, que luego exportan la gran mayoría de esos productos.

-“La tierra es mercancía”, dice uno de los entrevistados. ¿Este fenómeno que describe abre una nueva fase del capitalismo financiero?

-Sin duda. Como señalaba antes, la carrera por la tierra comenzó tras la crisis de los créditos subprime y el derrumbe de la bolsa de Wall Street en 2007. En ese momento enormes cantidades de capital se desplazaron del mercado accionario clásico a los bienes refugio alimenticios, productos alimentarios básicos como el trigo, el maíz, el azúcar y la soja, lo cual hizo que aumentara el valor de estos productos. El acaparamiento de tierras es, en parte, consecuencia de esta sacudida a nivel financiero desde el momento en que grandes grupos del capitalismo financiero están hoy implicados en la carrera por la tierra.

-Este es el primer reportaje en el mundo acerca del fenómeno alarmante del acaparamiento de tierras, que se expande. ¿Por qué se presta, según usted, tan poca atención mediática a este fenómeno?

-Porque es un fenómeno que hay que investigar a fondo, y con los tiempos rápidos del periodistmo de hoy resulta difícil comprenderlo de forma exhaustiva. Tal vez por ello aún no sea objeto de atención mediática. Yo tuve que viajar por varios países en los cuatro continentes a fin de dar una visión de conjunto del problema. Además, se ha de considerar otra cuestión: es un asunto relativamente nuevo.

-En su libro precedente, A Sud di Lampedusa, usted trataba de la inmigración africana. ¿Cómo incide el acaparamiento de tierras en los flujos migratorios?

-No hablaría de una incidencia directa. Está claro que el acaparamiento de tierras produce inevitablemente una reducción de los recursos y de las tierras a disposición de las poblaciones locales y acelera el éxodo de las poblaciones rurales hacia los centros urbanos. Hablaría, pues, más de migraciones internas en los países que de flujos internacionales, cuyos protagonistas suelen ser personas que pertenecen a las clases medias urbanas.

-Robert Rodrigues, antiguo ministro de Agricultura brasileño y cofundador, junto con Jeb Bush, del Comité Interamericano para el Etanol, le plantea con frialdad en el libro un nuevo escenario geopolítico. Dice Rodrigues: “El biocombustible, la agroenergía, se desarrollará entre el Trópico de Cáncer y el de Capricornio, una franja que comprende toda América Latina, toda el África Subsahariana y buena parte del Asia pobre. Cambiará el paradigma agrícola mundial. Pero cambiará también la geopolítica mundial porque estos países tropicales son más pobres, con menos trabajo, con menos riqueza. Entre los dos trópicos tenemos tierras, agua, sol y mano de obra disponible. No tenemos el capital. El capital vendrá del Norte, donde se consumirá gran parte de la energía”. Según usted, ¿está terminando la era del petróleo y comenzando la batalla global por los agrocombustibles?

-El petróleo es, por definición, una fuente finita de energía. Los agrocombustibles jugarán un papel en el futuro energético del planeta, a la par del de otras formas de energía renovable. El problema de los agrocombustibles, sobre todos de los que se utilizan actualmente, es que sustraen tierras a los cultivos destinados a la alimentación, haciendo que disminuya el espacio para la agricultura tradicional y que aumente el precio de los géneros alimentarios y de las tierras.

-Su libro da cuenta de una batalla antropológica por la agricultura. Dos modelos contrapuestos luchan. Por un lado, el modelo incentivado por la Banca Mundial y las grandes organizaciones internacionales (grandes extensiones, monocultivos, términos como “oportunidad, desarrollo, productividad”); por el otro, las organizaciones de pequeños agricultores que resisten calificando el modelo anterior de “rapiña”, “neocolonialismo”, “derechos violados”. Después de haber profundizado en el debate entre ambos puntos de vista, ¿a qué conclusiones ha llegado?

-Mi conclusión es que estos dos modelos no son conciliables. Compiten entre sí porque luchan por un recurso finito, como es la tierra. El primer modelo, que es el de las grandes empesas comerciales, tiene como punto de referencia la cantidad, los mercados extranjeros, las llamadas “economías de escala”. El segundo, el de los pequeños agricultores tiene con la tierra un vínculo más hondo, que va más allá de la pura explotación. No está demostrado que, a la larga, el primero asegure una mayor cantidad de alimentos que el segundo, porque el primero, que emplea pesticidas de modo extensivo y tiende a exprimir la tierra al máximo, empobrece los terrenos y los vuelve a largo plazo menos productivos.

-A lo largo del libro se oyen las voces de via Campesina, Sem Terra y también las de los campesinos etíopes o tanzanos. ¿Cuál es la mayor dificultad que afrontan estos movimientos y estos individuos? ¿Cuál cree que es el mejor modo de luchar contra este cambio que quieren imponernos en la agricultura?

-La mayor dificultad de estos movimientos es la falta de medios para que prevalga su punto de vista oponiéndose a la visión de los impulsores de este modelo de desarrollo basado en la granja comercial y el acaparamiento de tierras. Pese a ello, estos grupos se están asociando y en parte han conseguido afirmar sus propuestas. En la última cumbre del Comité para la seguridad alimentaria mundial, órgano de la FAO, lograron moderar la posición de partida de la organización, que se inclinaba claramente a favor de ciertas inversiones extranjeras y del acaparamiento de tierras.

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